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La Sanidad madrileña es como una tortuga coja.

La rapidez nunca ha sido una virtud de la sanidad pública española, pero desde que se transfirieron las competencias de sanidad a la comunidad autónoma de Madrid y mas concretamente desde que el consejero de Sanidad es el señor Juan José Güemes, las cosas has empeorado mucho.

Mi caso en particular es que el pasado 4 de marzo mi doctora de cabecera me remitió al otorrino por unas molestias en el oído con pérdida de audición. Cuando fui a pedir cita me dijeron que no me la podían dar porque la agenda de la especialidad estaba cerrada y que volviese la semana siguiente. Volví ayer y de nuevo me dicen que no me pueden dar cita y que vuelva a mediados de semana.

A día de hoy sigo con mis molestias en el oído y sin cita con el otorrino. Si mi problema empeora tendré que acudir a las urgencias del hospital de Alcalá a esperar horas a que me atiendan porque las urgencias están atestadas de personas que, como yo, no tienen una enfermedad grave, pero que no son tratados convenientemente por los especialistas de zona. Lo que se consigue con esta situación es que los profesionales de las urgencias tienen menos tiempo para tratar a personas que si sufren una verdadera urgencia.

Y mi caso no es aislado, a cualquiera de mi entorno al que se lo comento, me dice “Bienvenida al Club”, porque pasa lo mismo con las agendas del Ginecólogo, del Traumatólogo, del Reumatólogo…

Hace algún tiempo, cuando ibas a pedir cita al especialista, podías tardar semanas en acudir a su consulta, pero la cita te la daban en el momento de pedirla. ¿Quién se ha inventado esta nueva norma de “agenda cerrada, vuelva usted mañana”?. Nos hacen perder tiempo y salud.

Claro que, el señor Güemes nunca habrá tenido que esperar horas a que le atiendan, ni semanas para ver a un especialista y al más mínima estornudo llamará hasta a el Dr. House para que le haga un diagnóstico diferencial. Qué injusta soy con él, ¿Cómo va a saber lo que necesita la sanidad pública si nunca ha pisado un hospital público?. Bueno, si, para inaugurarlo del brazo de doña Espe y junto a incubadoras de juguete que se las llevan por la puerta de atrás en cuanto la prensa desaparece.

Por desgracia, mi padre lleva diez años entrando y saliendo del hospital y he visto como ha empeorado la sanidad madrileña en los últimos años, falta personal y faltan medios y no entiendo como las enfermeras y los enfermeros no cometen errores más graves en la atención de los pacientes, con la cantidad de personas que tienen que atender por barba.

Se abren hospitales nuevos, si, como el del Henares, pero se cierran camas y se traslada personal del Hospital de la Princesa, por lo que seguimos igual, sin medios y sin personal. Sinceramente creo que el plan de doña Espe es convencernos a todos de que para tener una sanidad de calidad hay que privatizarla.

Por todo esto, no entiendo como es posible que el P.P. consiga tantísimos votos en la Comunidad de Madrid, a no se que sea por algunas de las siguientes ideas que se me ocurren:

a) La gente cree que la sanidad en Madrid es competencia del Estado y por lo tanto la culpa de su mala calidad es de Zapatero.

b) La gente no está enferma y sólo atesta hospitales y centros de salud para pasar el rato.

c) Todos los votantes del P.P. acuden a centros sanitarios privados.

d) Los votantes del P.P. prefieren que no se casen los gays, que su vecino no sea extranjero, que a doña Espe “le sienten muy bien los vaqueros” (oído a una simpatizante del P.P. en Torrejón) y que sus hijos no estudien “educación para la ciudadanía” antes que unos servicios sanitarios de calidad.

La reclamación que he puesto en mi centro de salud y estas palabras son mi recurso del pataleo.

A estas alturas quien más y quien menos ya ha leído o al menos ha oído acerca del polémico libro de Dan Brown, “Fortaleza Digital”. Así que tengo presente que el tema no es nuevo en absoluto, pero como lo acabo de leer, y en ocasiones me ha salido humo de las orejas de pura indignación, no me quiero quedar con las ganas de expresar dicha indignación.

Primero aclarar que esta no es su última novela, sino la primera que escribió, solo que en España se han reeditado todas sus novelas de la última a la primera a raíz de su éxito con “El Código Da Vinci”. La publicó en 1998 y aquí la primera edición ha salido en este año 2006.

Bien, en la primera página del libro, hay una nota del autor, añadida a posteriori, evidentemente, en la que cuenta que pasó un año estudiando en Sevilla, que es una ciudad que le enamoró, pero que tiene que contar las virtudes y los defectos, pero que lo hace con amor a España y los españoles, bla, bla, bla.

Si el señor Brown pasó realmente un año en Sevilla debería saber que:

  1. La guardia civil no llevaría nunca a un herido en la parte trasera de su moto hasta el hospital (capítulo 16 del libro).

  1. No hay ninguna escuela reconvertida en una Clínica de Salud Pública. (cap. 20 )

  2. El Servicio Social de Sevilla no es una casa de citas (cap. 24)

  3. El acento de Burgos es apenas reconocible, al menos yo nunca he reconocido a un burgalés por su acento, en todo caso a un castellano (cap. 28)

  4. El hotel Alfonso XIII no es pequeño ni tiene solo cuatro estrellas (cap. 30). De hecho, está entre los mejores hoteles europeos.

  5. En los mercados españoles hace mucho que se dejó de regatear (cap. 32)

  6. El zumo de arándanos NO es popular en España, (cap.37) al menos es tan popular como pueda serlo un “rebujito” fresquito en la Nueva Inglaterra natal del señor Brown.

  7. Que en las misas católicas, sean en España o en Pernambuco, la comunión no es al principio de la misa (cap. 91)

Además de todo esto, que en realidad casi produce risa, y que demuestra que el señor Brown tiene un profundo desconocimiento de las costumbres españolas o que es un mentiroso, lo que más me indigna es el profundo desprecio que muestra por España cada vez que se la menciona en su novela:

En el capítulo 20 describe una supuesta Clínica de Sevilla como un lugar lleno de oscuros pasillos, con olor a orín, donde los carteles indicativos están escritos en un cartón sobre un caballete. Allí, los pacientes están sobre catres, en una enorme sala que antes era un gimnasio, donde todavía cuelgan las canastas de baloncesto. Me rapo al cero si el señor Brown me demuestra que existe un sitio así en Sevilla.

En este mismo capítulo, escribe frases como: “España no es famosa por su eficacia” Quizá no lo sea, pero mira quien fue a hablar, un norteamericano.

En el capítulo 32 habla sobre la “corrupción de la Guardia Civil española”. Y no creo que llegase a los oídos del escritor, el famoso caso de Antonio David (ex – yerno de Rocío Jurado), cuando le birló unas treinta mil pesetas de entonces a un turista.

En el capítulo 66 describe los servicios del aeropuerto de Sevilla, como si fueran una pocilga. Con el lavabo atascado por un agua marrón, el suelo encharcado, todo lleno de servilletas usadas y huellas verdes en el seca-manos. ¿No se habrá equivocado y la descripción se refería a un barucho de mala muerte de los USA?.

En el capítulo 93, un asesino piensa en como matar a uno de los personajes y dice: “Un pulmón perforado es mortal, quizá no en países donde la medicina está más avanzada. Pero en España era fatal”. Creo que el señor Brown no tiene ni idea de que muchos de sus compatriotas vienen a España a operarse del corazón y a curarse del Sida, ya que la porquería de Seguridad Social que tienen allí no cubre nada y mucha gente no puede pagarse sus tratamientos, y vienen a hacérselo aquí gratis.

En el capítulo 100 cuenta que más de un turista a muerto a causa de la inseguridad de las escaleras de la Giralda. “Esto no es Estados Unidos”, dice, “No hay señales de advertencia ni pasamanos. Tampoco hay a quien pedir responsabilidades. Esto es España”. Si, gracias a Dios, no nos parecemos en nada a ellos.

Por último, quiero mencionar especialmente un párrafo que aparece en el capítulo 95 y que me provocó una buena carcajada. No sé si describirlo como “cómico- religioso” o tontería como una casa: “El padre Gustavo Herrera observó con curiosidad la conmoción que tenía lugar en un banco del centro, pero no estaba preocupado. A veces, el Espíritu Santo tomaba posesión de algún anciano y éste se desmayaba. Con un poco de aire se solucionaba el problema”. Hay queda eso, y se quedó tan a gusto el tío cuando lo escribió.

En definitiva, el señor Brown nunca pensó que su libro iba a ser publicado en España y le convenía más mentir y mostrar a España como un país tercermundista que es lo que deben de pensar la mayoría de los norteamericanos. Que pena.